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Joker y la peligrosa desinformación sobre enfermedades mentales

Con películas que juegan un papel clave en la formación de actitudes hacia la salud mental, dos médicos dicen que el supervillano con problemas que interpreta Joaquin Phoenix, perpetúa estereotipos

Como médicos que trabajan en salas psiquiátricas para pacientes hospitalizados agudos, la enfermedad mental grave es la realidad diaria de las doctoras Annabel Driscoll y Mina Husain, quienes han observado las controversias en torno al Joker de Todd Phillips, en el que Joaquín Phoenix interpreta a un hombre solitario con problemas que recurre a la violencia, con un interés profesional.

 

Driscoll y Husain explican lo siguiente:

 

El dominio de la película en el debate sobre las representaciones de enfermedades mentales en el cine, llega en un momento curioso.

 

Recientemente, hemos sido testigos de grandes saltos de conciencia sobre aquellos problemas de salud mental que son relativamente comunes, como la depresión y la ansiedad, y con esa conciencia se ha dado un aumento en el rechazo a los prejuicios inútiles que solían rodearlos. Ahora son temas que se discuten fácilmente sin vergüenza y, a menudo, se representan en los medios con una bien informada comprensión de los hechos, gracias a las efectivas campañas de información.

 

Sin embargo, las condiciones de salud mental severas, como las enfermedades psicóticas, permanecen envueltas en estigma y son constantemente tergiversadas y mal entendidas. Las representaciones de estas enfermedades mentales en la película Joker pueden perpetuar estereotipos infundados y difundir información errónea.

 

Una de las ideas más tóxicas a las que suscribe Joker es la asociación trillada entre enfermedades mentales graves y la violencia extrema. La noción de que el deterioro mental necesariamente conduce a la violencia contra los demás –implicada por la yuxtaposición del personaje de Phoenix (Arthur), que interrumpe su medicación y ello deriva en actos de violencia cada vez más frecuentes–, no sólo está mal informada, sino que incrementa aún más el estigma y el miedo hacia este tipo de padecimientos.

 

Estudios muestran que dicha asociación es exagerada y que, en realidad, las personas con enfermedades mentales graves son más vulnerables a la violencia por parte de otros. Es interesante, entonces, que el intento de Joker por crear un personaje empático con una enfermedad mental –que escribe: “La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes, como si no lo hicieras”–, contribuye al mismo prejuicio que Arthur anhela evadir.

 

La supuesta pérdida de control de Arthur sobre la realidad es sugerida por un pequeño vistazo a síntomas psicóticos, como las ideas delirantes de grandeza (“Soy un genio cómico no descubierto”) y las alucinaciones sobre su vecina; síntomas que se confirman por su eventual admisión a una institución psiquiátrica. Esta restauración del orden a través del Asilo Arkham afirma la inferencia general de la película: el descenso de Arthur hacia la violencia y la destrucción, se desencadenan por su deterioro mental. El resultado de esto, decepcionantemente, es hacer a un lado la mediación de Arthur respecto la desigualdad de riquezas y su responsabilidad por el colapso social, desviando la atención de una conversación potencialmente más estimulante.

 

No quisiéramos empantanarnos en etiquetas, pero la psicopatología que habita Arthur es confusa, en el mejor de los casos: su aparente pensamiento desordenado representa un intento formado a medias por ilustrar la psicosis. También muestra rasgos de narcisismo y depresión. La imprecisión diagnóstica, aunque puede crear un carácter más identificable que refleje el dolor de cualquier enfermedad psiquiátrica, da la impresión de que muchos trastornos se han compactado en un solo argumento. Al final, socava la hipnótica actuación de Phoenix y los sinceros intentos de Joker por explorar la interacción entre pobreza, desigualdad y aislamiento social.

 

La peculiaridad escalofriante de Arthur, sus estallidos de risa incongruente e incontrolada, tampoco son motivo de risa. Presumiblemente, sufre de la afección neurológica pseudobulbar, también conocida como “incontinencia emocional”, tal vez causada por el trauma en la cabeza durante su infancia.

 

Joker puede intentar descubrir la diferencia entre lo psiquiátrico y lo neurológico, entre una enfermedad mental y un trastorno médico, pero corre el riesgo de confundir a los dos con una imagen inquietante, estigmatizante y problemática. Ya sea intencionalmente o no, Arthur se presenta como un supervillano histéricamente risueño, estereotípicamente “loco” a simple vista; un payaso asesino riendo solo en un autobús.

 

Las representaciones cinematográficas de enfermedades mentales –la infame One Flew Over the Cuckoo’s Nest (Atrapado Sin Salida)– tienen implicaciones profundas y duraderas en el mundo real. Es ampliamente reconocido dentro de la psiquiatría que Atrapado Sin Salida condujo a niveles inapropiados de sospecha y desinformación respecto a la terapia electroconvulsiva, y puede haber significado que muchas personas no recibieran tratamiento probado y efectivo. Todo esto debido a la presentación mal informada de una sola película.

 

Las películas tienen el poder de perpetuar el estigma y el miedo, por lo que la tergiversación de una enfermedad mental grave en Joker no debe descartarse a la ligera.

 

 

 

Artículo escrito para The Guardian por Annabel Driscoll y Mina Husain.

Traducción: FAN Redacción

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